Calafaltén: días 8 y 9

Abro mi cuaderno del verano pasado con un poco de nostalgia. Los dedos siempre van en busca de esas páginas. Dos días de viaje, que para mí fueron uno solo. El día más emocionante del año, me atrevo a decir. Hoy me toca descubrir que fueron los días 8 y 9 de mi viaje, casualmente mis números favoritos. Son coincidencias que hallo divertidas.
Hoy además me dieron ganas de compartir lo que escribí, así que ahí vamos.

•••

Amanecí tranquila, pero con muchas expectativas. El sol irradiaba fuerza, el cielo seguía limpio de nubes. Todo permanecía igual en El Chaltén. Mientras desayunaba, S me habló de cómo escalar el Fitz Roy y mis pensamientos de en otra vida quizá retornaron. Parecía increíble que él tomando su mate cocido a un lado de la mesa había estado colgando de una soga en las alturas el día anterior.

Estuve media hora o más armando la mochila para que estuviera lo más liviana posible. Que el trípode, que la cena, que las cámaras y los lentes, que si un abrigo más por las dudas y así. Pero pesaba tanto de todas maneras que terminé revoleando todo lo que no fuera indispensable. Mientras tanto mis compañeros de habitación entraban y salían advirtiéndome de lo dificultoso del camino, que no llevara nada y que mejor acampara en Laguna Capri que tardaba menos en llegar. Cuando salí llevaba solo lo estrictamente necesario y aún así los primeros cuatro kilómetros del sendero fueron duros. El guardaparque de la entrada me animó diciendo que llegaba seguro a Poincenot antes del atardecer y decidí tomármelo con calma.

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Las primeras vistas fueron magníficas. Desde las alturas el río de las vueltas se derramaba en múltiples lenguas que cruzaban el valle, vasto y dorado, recordándome una foto de Ansel Adams. Desataba en mí las ansias de vuelo. Siguiendo el camino, todo parecía pintado con una cuota extra de amarillo y la escasa repartija de árboles lo hacía sentir en el cuerpo. Le dí una bienvenida hostil a mis amigos tábanos que amagaban con hacerme correr de nuevo. Por suerte esta vez había más gente en el sendero y se mostraron más equitativos. Un pájaro carpintero de un rojo precioso me entretuvo en el bosque pero huí rápido del posible gentío, imaginando el delicioso instante en el que viera agua y se desataran las correas de la mochila. Al llegar a Laguna Capri mi premio fue de manzana jugosa y tiempo de descanso. Esta laguna se parecía mucho más a mis conocidos lagos del sur -que en mi cabeza denominaba así pero a esta distancia ya eran los lagos del norte-. Azulada a simple vista, transparente bajo los pies. La silueta de un hombre nadaba en su centro desafiando el frío.

Con las energías recargadas partí con destino al camping, que se encontraba a otros cuatro kilómetros. Le habían hecho mala fama pero para mí fue el tramo más bello. Mi espalda se amigó con la mochila y volví a ser ojos y piernas. Crucé pequeños bosques, mantos de arbustos, caminos de guijarros y puentes de madera blanca que cruzaban riachos. El sonido del agua corriendo era dulce, ocultaba micromundos. El paisaje era tan cambiante que en un instante el cielo se cubría de árboles y al siguiente podías observar la estepa infinita con las montañas nevadas de fondo. Caminé cual aldeano por su pueblo, repentinamente tan feliz que solo podía (¿digo putear o maldecir?) ante tanta belleza. Parecía loca, me dediqué a canalizar la alegría en los saludos con la gente que pasaba.

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La famosa montaña humeante siempre ahí atrás

El camping aparecía repentino en el medio de un bosque. Un chimango me dio la bienvenida, quieto sobre un tronco y observándome fijo. Mirada que intimidaba cautivante. Recorrí el centenar de carpas de colores a la búsqueda de Hope y de un lugar, y encontré lo segundo a duras penas. Me estaba desanimando de no encontrar a mi compañera cuando vislumbré detrás de un árbol una camisa que me resultaba conocida. Era ella. Nos saludamos con alegría y me presentó a tres chicos chinos que la acompañaban. La casualidad se daba en que sin saberlo yo había armado mi carpa a unos pasos de la suya.

Ya en paz, todos cenamos y entablamos una charla cultural muy interesante. China, Argentina y Estados Unidos se diferenciaban en nuestros labios y terminaban unidos a través del tercero, mediante su idioma y la mención de series como Friends. Le expliqué con pelos y señales la “ceremonia del mate” a uno de los chicos y se mostró ilusionado ante la idea de comprarse uno y realizarla con su familia. Hablé tanto en inglés que me resultó muy raro volver a mi español después, nunca lo había experimentado. Cuando al fin el sol se puso tras la montaña, nos fuimos a dormir con la promesa de despertarnos todos a las cuatro de la mañana para subir a la laguna juntos.

Acostada en la carpa, en el calor de la bolsa de dormir, mi cuerpo no cabía en sí de felicidad. No podía creer lo que me estaba sucediendo. Estaba haciendo lo que quería hacer, siendo lo que quería y eso era, sin dudarlo, la parte más difícil para mí. O al menos eso creía mientras mis ojos hacían el esfuerzo de quedarse dormidos.

No dormí. Si lo hice, no me di cuenta. El espacio que había encontrado para la carpa estaba inclinado y mi espalda protestó toda la noche. No había forma de desconectarme, incluso si me concentraba en escuchar como cada sonido humano iba disminuyendo. El silencio profundo de la montaña se abrió paso, logrando intimidarme un poco. En medio de pensamientos irritantes me di cuenta de que, sin pensarlo, había tachado un elemento de mi lista de deseos. Sonreí.

Dieron las cuatro en el reloj de mi celular y tuve pánico. Venía de caminar un montón y no había podido dormir, ¿cómo se suponía que iba a subir el último kilómetro y medio del que todos me habían advertido tanto? De noche, para colmo. Decidí ignorar las cosquillas del estómago y me salí de la bolsa para vestirme. El frío me caló los huesos como nunca antes.
Cuando salí de la carpa vi que había luz dentro de la de Hope, lo cual me reconfortó un poco. El resto del camping tenía la tranquilidad de la boca del lobo. Iluminé mi carpa para organizar mi mochila y fue entonces cuando mi linterna se apagó. Insistí varias veces y nada. Evidentemente la carga de la pila había sido un engaño. El pánico trepó un poco más por dentro.

Me acerqué a Hope, nos saludamos y le dije sobre la linterna, nerviosa. Ella no pareció inquietarse y me dijo que seguramente con la de ella alcanzaba. Di las gracias de haberla encontrado como acompañante. Su ánimo y energía eran inmutables. En cambio, nuestros compañeros de la noche anterior dormían a rienda suelta en su carpa y una voz soñolienta nos dijo que ellos pasaban de ir. Ya habían hecho el camino el día anterior así que no se perdían de tanto.

Emprendimos la subida. Mi vista solo encontraba el haz de luz de la linterna y los pies de Hope que caminaban apresurados. Por fuera, la negrura absoluta de lo desconocido, excepto en el cielo increíblemente salpicado de estrellas. Una imagen de belleza similar era la de una hilera de linternas esparcidas por la montaña delante nuestro. No estábamos solas. Cruzamos un río guiadas solo por su estruendo, me fascinaba poder imaginarlo tan solo con mis oídos.

Hasta ese entonces el terreno era bastante llano pero una vez del otro lado le comenzó a costar a mis piernas. Hope avanzaba a velocidad constante sin ninguna necesidad de detenerse y el haberle seguido el paso me había hecho mella. Pronto estaba resollando e hice que nos detuviéramos un par de veces. Ella parecía no entender por qué yo estaba tan cansada y a mí me daba vergüenza seguir parando así que traté de seguirla, pero fue en vano. A todo esto la oscuridad había cambiado: ahora la vista percibía la forma de las cosas en tonalidades gris oscuro y podía ver cómo las piedras del camino aumentaban y se prolongaban infinitamente. Entonces me paré y le dije a Hope que siguiera, que yo necesitaba ir a mi propio paso o me iba a descomponer. Ella, indecisa, me preguntó si no iba a tener miedo y que además no tenía linterna. La intranquilizaba dejarme. Yo le dije que no lo tenía y que ya podía ver lo suficiente para no tropezar, que siguiera que no iba a haber ningún problema. Lo dije y me di cuenta de que era verdad. No tenía miedo. A lo sumo de que apareciera un puma inesperado, como había leído en algún folleto, pero no parecía muy probable. Luego de insistir, acordamos vernos arriba y pronto Hope se había evaporado en la oscuridad. El eco de sus pisadas se convirtió en silencio.

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Me tomé un minuto antes de seguir y emprendí el camino despacio. Me tranquilizaba recuperar mi ritmo y decisión propia. Más adelante el camino se volvía confuso entre tanto relieve pedregoso pero unas pequeñas flechas inferían ánimo. Si volvía mi vista atrás podía ver la luz blanca en el horizonte que indicaba la cercanía del sol. Ya se veían los bordes montañosos y el azul oscuro de dos lagunas a lo lejos. Tomé una foto con el teléfono de batería casi muerta, esto sí que no lo quería olvidar.

Me parecía increíble y engorroso no poder hacer más de diez pasos seguidos. Una chica del hostel me había dicho que había llegado arriba casi llorando y yo la había escuchado con recelo, ahora la entendía completamente. Un embotamiento de aire febril se había apoderado de mi cabeza y lo atribuí a la falta de sueño. Me faltaba aire y comencé a sentir en cada parada que iba a morir. La expresión no tenía sentido pero así se manifestaba el cansancio. Llegué a un punto en el cual me senté en una piedra, miré el paisaje que se develaba espectacular y me reí: ¿qué carajo hacía yo, sola y lejos de todo, subiendo una montaña a las cinco de la mañana? Al final había ido en contra de las advertencias. La risa liberó adrenalina y me dije a mí misma que no importaba si llegaba después del amanecer, lo importante era llegar sana y salva. Lo importante era que estaba ahí.

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Las fotos de esos momentos delatan mi pulso

Pedí por las fuerzas que me faltaban, las invoqué pensando en mis seres queridos. Seguí avanzando, lento pero con ritmo, estableciendo puntos para detenerme. Algunas personas me alcanzaron y continuaron, rompiendo la soledad y nos saludamos con un gesto porque no había energía para hacer conversación. Sin darme cuenta el aire se había vuelto claro y podía ver las cosas del todo. Adelante el camino daba una vuelta a la montaña y me dije que ahí debía estar la laguna. Un padre con sus hijos pasó y me alentó diciéndome que ya faltaba poco. La combinación me hizo avanzar más rápido. Sin embargo, al dar la vuelta, ni rastros de laguna. En su lugar se abría otra elevación compuesta totalmente de roca suelta que me hizo protestar histéricamente por dentro. Pero ahora podía ver el Fitz Roy y su presencia sirvió para calmarme de forma instantánea. Supe que iba a poder ver el amanecer sobre él aunque no llegara a tiempo a la laguna. El cansancio parecía haberse evaporado, saqué la cámara de la mochila y me dediqué a sacar fotos a gusto mientras ascendía. Ya se respiraba el naranja.

La sincronía quiso que al mismo tiempo en que llegué arriba de todo, éste cubriera por completo el paisaje. Ahí estaba la laguna, el glaciar, la gente, Hope que se me acercaba con alegría y la felicidad que cubría mi piel así como el amanecer a la montaña. Quedaba solo mirar. Me hallaba ante la pintura más bella de mi vida y era tangible. A mis sentidos les era imposible absorber tanto. Parecía que al extender la mano encontraría un lienzo y quebraría el sueño. Sentadas, Hope y yo intercambiamos las charlas más verdaderas desde que nos habíamos conocido. Cómo hablar de algo sin importancia en la naturaleza más magnífica.

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Lo veo y ya no lo creo
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Detalle de EL NARANJA

Permanecimos allí hasta que el naranja se volvió amarillo pálido y quedamos solas. Se sintió un tiempo indefinido, cubierto del frío del viento que nos azotaba. Duras como las piedras debajo nuestro, queríamos movernos y no podíamos. Tampoco queríamos volver pero el sueño había trepado la montaña detrás nuestro y ya tocaba nuestras pestañas. Había pensado en dormir ahí arriba pero se veía imposible ante la ausencia de reparo. Cuando decidimos bajar, sentí que iba a volver en otro momento. Esa vez estaría bien descansada, me tomaría mi tiempo y observaría el paisaje por horas hasta pulverizarme los ojos.

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Retornar al camping fue al mismo tiempo más rápido y más fastidioso. Ahora iba al paso de Hope sin problemas y la vista a pleno sol era deslumbrante pero los pies encontraban más y más piedras ya vistas, repetidas, multiplicadas. Cada bajada y subida de montaña me repite las realizadas en otros viajes.

Me despedí de Hope luego de intercambiar nuestro contacto y desearnos suerte. La misión había concluido y de repente los ocho kilómetros hasta El Chaltén se hacían visibles, tanto como la necesidad de dormir. Pero todavía no podía hacerlo. Partí, contenta y con las piernas en modo inercia. A medida que avanzaba en el camino, todo mi ser iba entrando en piloto automático. Los primeros cuatro kilómetros volvieron a ser belleza, los segundos daba igual que fueran lo que fueran, solo podía pensar en llegar a la cama del hostel. En la mitad, al llegar a Laguna Capri, descubrí una playita de arena desierta en un costado y no dudé en deshacerme de bártulos y zapatos e ir a sumergir mis pies en el agua. Caminé la orilla con placer -el agua era transparentísima- y miré unos arbustos con cariño, pensando en que podía dormir un rato debajo de ellos. Ni siquiera me importaba lo que podía ser de mi inconsciencia bajo el atento zumbido de los tábanos. Pero, justo en ese momento, un grupo de muchachos apareció, trayendo consigo una cocinita, comida y mucha charla. Podría haber sido una buena situación de no haber estado yo tan cansada y sucia, y lo único que hizo fue hacerme sentir invadida, así que emprendí la marcha. Decidí no parar por nada más, el único destino triunfal sería la cama.

Bajo la plena luz del mediodía aparecí por las calles de El Chaltén como si de un zombi me tratara. Los anteojos de sol cumplían con su propósito de proteger la vista y además con taparme la expresión para que nadie la viera. Mi descripción gráfica era de un perro con la lengua afuera que caminaba muy lento. Cuando llegué al hostel, dejé los zapatos afuera como era costumbre y entré con una tranquilidad imposible de perturbar. Al dejar la mochila, otro desafío me esperaba: en la cucheta, mi cama era la de arriba. De lejos me divierte la imagen dolorosa de subir esos escalones, peor que trepar las piedras. Me derrumbé sobre la cama en estado catatónico. No podía mover absolutamente nada. Estuve un rato así hasta que junté fuerzas para mandar unos mensajes a mi familia diciendo que “había sobrevivido”. Ahora que estaba en la cama, todo parecía irreal pero dentro mío, sabía que no lo era y sabía que podía, que la fuerza de voluntad es algo increíble. Dormí un par de horas, pero desperté con la fuerte necesidad de bañarme. Eso hice y luego cené, mientras le contaba algo de mi pequeña aventura a S. Lo escuché hablar de un montón de cosas y eso me sirvió para bajar a tierra. Me fui a dormir sin más demora, disfrutando de antemano. El sueño del cansancio es el más dulce.

 

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