Azul, verde y amarillo

Cuando el día tiene estos colores, las emociones se desintensifican. Hay sol, viento de orilla y agua, compañía que entiende. Me encuentro en la gran extensión de hierba sin otro propósito que observar y sentir las briznas de naturaleza que ofrece la ciudad. Mi espalda invade el terreno de la hormiga y ella se defiende encontrando mi lunar con sus pinzas. El lunar que se halla al descubierto, lo miro en las fotos y parece sensual.
Una niña corre, busca un pájaro, gira, da vueltas. Tiene viento en el cabello y está jugando con él. Su madre la va a buscar, en ese afán parental de no dejar que los niños se separen y descubran el mundo por sí solos. Veo una niña horas más tarde y me parece la misma, pero ya está cansada y mientras espera en un asiento, sus padres la atiborran de dulces. Vienen de una fiesta, al parecer. Nunca vi una bolsa de souvenirs tan grande. El padre tira al suelo un papel y yo me vuelvo la furia de la tormenta. La furia que se almacena en mi garganta de tan buena manera que no logra salir. Tampoco logró salir antes en el colectivo repleto, al enfrentarse a una boca llena de prejuicios, a las miradas asustadizas y confusas -la evasión-. El chupetín de la nena me recuerda a su vez el del chico que leía carteles en el parque. De lejos se parecía muchísimo a un compañero de japonés. La mezcla de admiración con envidia de esos hombres tan flacos, tan altos.
Me da frío, el sol se oculta de a ratos y el paredón de rocas grises se estira cada vez más en su sombra. Qué magnetismo hay en estas paredes. Se levantan tan simples pero se vuelven misterio tan pronto. Será lo geométrico de su forma, incomprensible ante este verde que nos rodea. Sin embargo, este lugar pertenece a la ciudad. Es demasiado impecable. Acostarse así en el pasto parece una transgresión, y quizás lo sea, pero cómo negarse a la tentación de una llanura tan vasta, tan espléndida. Aquellos dos que se ocultan bajo un único árbol parecen pensar lo mismo. Si pudieran desgarrarían sus ropas. Un poco lo hacen.
El vacío sigue invitando a la transgresión. Unas escaleras bajan al agua donde nadie vigila y mi compañera desaparece en ellas antes de que pueda pestañear. A mí el candado me repele, siempre lo ha hecho. Me quedo de frente al río. Allá van los barcos blancos, los veleros se vuelven ínfimos. Ellos tan pequeños y lejanos, yo tan clavada al piso.

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