Fluir de río

Llueve, otra vez llueve y los dedos se electrizan para escribir. Pertenezco al agua, no hay otra forma. Voy volviendo, de a poco, de la casa de mi tía abuela. Otra vez la lluvia, otra vez el llanto. Sus manos perfectamente arrugadas se posan sobre mis mejillas, mi mirada encuentra la suya y sus palabras de cariño, y mi ser ya sensibilizado no puede contenerse. Hace un año me sucedió lo mismo, esa vez con un abrazo que no necesitó de una sola palabra. Segunda vez, segundo llanto, ¿por qué la veo tan poco? Ya no puedo estar segura de por qué lloro. Hace un año supe que era la ausencia de mi abuela lo que veía en ella. Hoy no lo sé, mis ojos se enjugaban solos desde que entré. No es que algo malo sucediera, por el contrario, la velada fue preciosa. Nos sumergimos en el pasado familiar los cinco juntos, y el calor, el núcleo del cariño y de la raíz, ocupó el ambiente.
Volamos a la Guerra Civil española, conocimos mucho antes al Ignacio benefactor de mi bisabuelo y las andanzas de sus hijos Ignacios y Eusebios, pero mi mente era para las mujeres, con la marcha de ayer todavía en mis sentidos.
Mariana, la esposa trofeo de Ignacio, por la cual los hermanos se pelearon (es la puta de Buenos Aires, dijeron) y que separó a otros tres hermanos al adoptar a uno solo, porque tenía miedo de no saber cómo cuidarlos.
La mujer del cocinero, de quien el patrón Eusebio se enamoró, finalmente casada con él porque al cocinero le regalaron una cosechadora y lo mandaron a Tucumán. Nunca sabremos el poder de elección de cada quién en esa historia.
Mercedes, mi bisabuela, cuidando y llorando a su marido, quien luego de un accidente que le destrozó la columna, fue rematado por el famoso Dr. Finocchietto (un ser bastante deleznable, al parecer). Mercedes, que no dudó en insultarlo, ni en salir a la calle con un arma para asustar a unos ladrones, ni en tomar bajo su cuidado a Luisa, la sirvienta de Eusebio, cuando escapaba de él.
Luisa, que osó enamorarse de un muchacho e inventar cosas que necesitaban comprarse para encontrarlo en el mercado. Que fue seguida por Eusebio en auto, más tarde golpeada por él con la prohibición de no hacerlo nunca más. Pero ella abrió la boca y escapó, se casó y vivió con su marido en un conventillo italiano. El casamiento lo celebró Mercedes y metieron quinientos invitados en su casa de Lanús.
Por último, mi tía. La Ester de doce añitos, metida en una guerra que no le pertenecía luego de viajar un mes en barco (mi bisabuelo no tenía suerte, las tres veces que volvió a España se desató una guerra). Un viaje en el primer tren que conectó Vigo con el País Vasco, en el cual ella y mi abuelo tuvieron que pasar la noche de pie, porque habían subido los muchachos del ejército que volvían a casa. Todos les cedieron el asiento a aquellos que ya no recordaban cómo era una cama. Y el olor, recuerda ella, era insoportable.
De nuevo Ester, escondida en el monte, viviendo la vida adolescente de caserío. Con mi abuelo y Saturnina y un muchacho más, robando cerezas del árbol vecino. La tos, los perros que ladraron y el escape donde ella tropezó y se lastimó la rodilla. El agua del bebedero de las cabras no ayudó mucho y la herida se infectó. Ahí fueron todos, bajando la montaña, pero mi abuelo Pepe y el otro tuvieron que permanecer escondidos en cierto punto porque no podían correr el riesgo de que los vieran y los reclutaran. Un médico curó a Ester a regañadientes y luego volvieron. Más tarde, el viaje de vuelta en barco, que tardó diez días menos que el otro y que fue una fiesta para Ester y Pepe. Ellos viajaban en segunda pero se inmiscuían en todas las fiestas y de todos lados los echaban.
Todo esto vimos y sentimos (vi y sentí) mientras ella hablaba. Una mujer de noventa y tres años que no dudó en hablar por horas, y yo, fascinada, imaginando la juventud del monte y el peligro, sin poder creer que esta misma persona fuera la del tropiezo. Ella, Mercedes, Luisa, Mariana y cuántas más fueron revividas en su historia. Me pregunto si en cien años alguien tendrá algo tan interesante para decir de nosotros. Me pregunto si en cien años alguien contará que me golpearon o me casaron o me vendieron y el interior grita que no, que no. Revolución de sentimientos, revolución que sólo deja la historia y que por eso es tan preciada. Al mismo tiempo digo: es pasado. Escucho cómo lo glorifican y pienso pero la historia de Luisa sigue pasando. Eso no se quiere ver. Incluso, esa historia tiene final feliz, por lo poco que sabemos. Muchas otras no.
Se me mezclan las palabras para mi tía y para las mujeres y para mí. No encuentro otro final para esto, sólo sé que me hizo mejor soltar todo acá de un tirón. Soltemos todo, soltemos que no pasa nada. Porque lo hagamos o no, las cosas suceden igual. Nosotros acariciamos, gritamos, sonreímos, luchamos, pero el agua sólo cae. El río fluye. Así, el resto de la historia.

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