Los días blancos

11/3

(me introduzco con lo peor de mí,
semanas blancas)

Tanto día blanco se me pegó a la lengua que ahora lo dulce también es blanco, si no incoloro. La nube que llevo dentro se volvió cumulonimbo y no deja paso a nadie. Se yergue sola y cree no necesitar nada excepto su libertad.
Hace unos años recorría playas, tanto imaginarias como de arena y agua salada, y soñaba con la gaviota que me brindaría sus alas. La playa gris azulada y el cielo otro tanto. Ir elevándome entre las olas, chocando con la espuma en la torpeza del primer vuelo. Horizonte infinito, desesperante. Las piernas rígidas que se vuelven garras que se vuelven hogar de sangre y alimento.
Desearía no necesitar alimento. Desearía beber el aire y el agua, volverme cielo, espíritu danzante. Pero no puedo. Entonces el pensamiento carcome, el cuerpo pesa y el alma llora. Entonces pienso formas para ser más liviana. Entonces me hundo en un pozo fabricado por los hilos más oscuros, más enredados de mi propio interior.
Para salir de ellos recurro a las palabras. Que ellas se escurran a través de la maraña laberíntica. Que ellas sigan las pistas para llegar a la madeja. Encuentren a la nube, déjenla salir. No quiero seguir sintiendo que la ahogo, que me ahoga. Quiero que vayamos de la mano.

Tanto día blanco está afectando a mi mente. Lo que es oscuro se vuelve negro y lo claro no resulta suficiente. Mis ganas están dormidas. Las busco en el café humeante o quizás en el té de color intenso. Dejo que el hambre me invada y disfruto de ese vacío. La falta me hace más liviana. El dolor me indica que al fin necesito algo, pero aún así, dilato la espera. Luego, cuando no puedo más, los mordiscos. Morder. La palabra en sí me seduce y me recuerda. Que yo también muerdo, que yo también deseo. Como dije, todo se siente dormido aquí.

En algunos días hay momentos que se piensan blancos pero saben negros. Como si pudiera desbordar tinta por mi boca. Derribar una pared con mis puños. Lograr contener eso es tan solo una prueba de que algún día la tinta se escurrirá por mis ojos, oídos, sexo y la casa se quebrará bajo mis piernas. Cómo detenerlo. Dejarlo fluir.

Tengo la vista anestesiada. Hacha que desgarra la fragilidad del cuello, espada que se hunde en el vientre. Yo intacta. Por un momento pienso, y si clavara ese cuchillo, y si desgarrara con mi hacha, y si tuviera la sangre en mis manos, ¿acaso sentiría algo? No es lo mismo ser el que observa a tener que hacerse cargo de la muerte. Sin embargo, yo quisiera por una vez despedirme de la moral. Ser el guerrero vikingo, la doncella luchadora, y correr gritando hacia la sangre, correr con violencia. Correr con propósito de vida o muerte. Sólo instinto en mis venas. El humano animal, el humano amoral. Quemar los libros, quemarse las pestañas y oler a barro, oler a mierda, a sangre desbordada. Llevar la curiosidad del olfato explorador a mis espaldas y no temer en abordar lo que no es mío. Perder el miedo al contacto, al sexo y a la muerte, que es lo mismo. Perder y ganar: el ciclo de vida salvaje.

Noche blanca, noche del cuerpo. Que baila, resentido, y se estremece porque el frío de la quietud lo mantiene en vilo. Mejor dormir, mejor soñar y danzar en lo onírico donde soy libre. Libre de la parte de mí misma que se ata con cordones y nudos sin fin, libre de la mirada más fría, más perturbada. Cuento los minutos.

Soy agua que teme humedecerse. La ironía. No concibo pecados porque los descreo y sin embargo qué me ata a ellos. Es miedo irracional, miedo que acompaña mis dedos, que se ramifica por todas mis entradas. Cómo combatir el miedo. La experiencia del día a día debería hacerme experta pero no lo soy. Lucho con miedo hacia el miedo, no sé de otra forma. A veces venzo y la luz encuentra mis poros. Pero quiero más que luz porque soy condenadamente insaciable, digna humana. Yo también quiero jugar al juego de a dos.

Ésta fue una semana blanca, pero más que nada lluviosa. Estoy aprendiendo a convivir con las arañas, ya el instinto no me dicta que las aplaste como a puntitos sin vida. Pero las arañas traen tela y las cosas se van enganchando, cayendo, se quedan en el mismo lugar. No las levanto. Dejo que el ambiente se adapte solito y veo como todos volvemos al polvo. Mezclo el polvo con la tela y aderezo con arañas. Espero a que en algún lugar de mi interior algo diga basta, estalle y comience la matanza. Pero qué pasa si eso nunca llega…

28/4

Quiero devolverlo todo.
Que mi boca se abra y dé paso a la artillería pesada,
los pensamientos y los rubores, las malas lenguas y los dolores de espalda,
las voces reptilianas de sentimiento cruzado,
las noches de calor que no pudieron dormirse,
los colores ajenos y las falsedades,
la carga del mundo, en cada voz que no es escuchada,
en cada gesto que te dirige hacia la misma nada,
en ese agujero que alguien talló en el tronco del árbol
que sangra, sangra y no va a parar
hasta que pueda con todos.
Quiero que las voces dejen de azotarme,
que dos más dos no sea igual a cuatro,
que sea lo que a cada uno se le antoje,
quiero expulsar la viscosidad del egoísmo,
y encontrarme con la esencia del viento.
Decirle adiós al cuerpo, adiós a esta vida,
ahora soy todos, ahora logré deshacerme
de este amor egocéntrico, esta vida dedicada al yo,
ahora soy aire, partícula, grano de arena
y estoy en tu sonrisa, me deslizo en tus manos.

Basta de cáscaras.

 

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